23 nov. 2011

Blanco y negro ad infinitum

Nuestra primera intención
era hacerlo en colores:
una acuarela que hablara
de nuestros amores…

Pero ustedes saben, señores,
muy bien cómo es esto;
no nos falló la intención,
pero sí el presupuesto...”
Jorge Drexler.
I
Yo te miro a través de un prisma anclado a mi pasado.
Tú con los ojos metidos en la bolsa y yo que tanto pienso
le busco sentido a la sensación que se calcina en el cenicero
de mi vida.
Yo tan cansado de las noches obscuras y frías en días
de primavera, tú tan recostada en un camastro de indiferencia
tomando el sol de mi cariño sin saber que es dañino
para el cutis de tu alma.
Dame una señal, juega con tu cabello y sácame de este vacío...
Déjame guardarte en este insondable hastío, yo a veces 
te veo con el corazón en la boca que te imagino 
con dientes de insomnio y sueños de locura evanescente 
en el río de lo inmenso de tu sombra.

Tú que tienes el cenicero oxidado de nostalgia y los frascos 
vacíos de cerveza pero no de dolor, el líquido que escurre 
y que germina por cada burbuja que muere en tu lengua 
caducada, deshecha, poca cosa del amor.
Yo, tan torpe de los sueños, tan letra muda, tan Judas 
de abrazos perversos, yo tan sin remedio de estos vientos 
de noviembre; yo tan hostil, tan sinvergüenza, tan caso perdido;
por eso tú ya no me esperas, por eso, a decir verdad,
nadie ya nadie me espera a la sombra de mi soledad, 
ni siquiera de un árbol.
 
Y del árbol que no existe las raíces secas, y de las raíces 
las lombrices que mueren de hambre y husmean 
en los panteones para arrebatarle la comida a los gusanos. 
Pura carne, carne que al final no sirve para nada, 
somos una mezcla de fluidos cósmicos que constriñen 
los ladridos del dolor, que calcina, que culmina, elimina. 

Esta dicotomía va expirando, caducamos en las maderas 
podridas del muelle que ya no espera, quedamos anclados 
al navío que se hundió de pena y que solloza en el fondo 
de un mar con agua dulce, que no se bebe porque el agua 
de los mares de la incertidumbre es veneno, veneno que 
inyecto y que bebo y que inhalo, veneno que hace perder 
la conciencia y las letras y los acentos prosódicos 
de la historia guardada tras las costuras de estos labios perros, 
de estos labios putos, de estos labios sin fuerza…

Porque fueron de algún tiempo las manecillas tuyas, 
que ahora son de la nada. 
Y muérete de celos amada concupiscente, 
mirá vos cómo le doy besitos a la eternidad que bajo 
su máscara guarda la muerte, callada y hostil y salvaje, 
mirá vos cómo tengo una erección por ella, por esta 
soledad que no me cobra ni un centavo para seducirme, 
por esta amalgama angelical que no tiene nombre y que 
a diferencia tuya es de un solo hombre, ese hombre 
que se esconde tras las puertas fúnebres de mi apariencia, 
para ese hombre que se enamora de la calle y sus hedores, 
de las moscas y sus alas, de las mierdas de perro 
que se pisan sin darse cuenta.

Mirá vos y haz una rabieta, este que antes fue tu cuerpo, 
éstas que antes fueron tus letras, esta noche versan sobre 
cualquier escozor que me ataña, pero arde en el infierno 
de tu compañía falsa cuando son estas letras, las que 
diciendo que te aman, simplemente te desprecian.

Que te tienen tan vaciado en sus renglones, estas letras 
que te tienen como siempre frío y virgen de mis amores 
con vergüenza y sin pudor; tú que llegas de puntillas 
a mis ternuras y a mis desprecios, que pronosticas las lluvias 
de mi cielo ya sin nubes espesas y negras, que auguras 
las dulcísimas tormentas de sal, de restos de señora de Lot, 
con una precisión de ‘puta de lujo’ como dice Quique. 

Ve cómo es que no te espero ni en letras, cómo es que 
te quedas inédito de mis celos que no son, cómo por 
mis letras se asoman otros anunciándose, tú sólo 
te evaporas queriéndote quedar, algo similar al humo 
del habano mío.
Entonces me voy de mi cuerpo, me largo de mí, 
de mis no-remedios, de mis pecados mortales, me voy 
porque somos un par de cadenas oxidadas que ya 
no engranan ni por accidente, este alcohol del corazón, 
este elíxir de tormenta eso me queda y dos almas embriagadas 
de aquellos líquidos del corazón y los sueños frustrados.

Tú y yo a veces; dos muecas de aquiescencia, 
portadores del cansancio, discípulos de la desgana, inexpertos…

Y a qué triste mar 
irá a parar toda esta tinta azul
qué hojas quedarán huérfanas de ella
y de ti quedarán tan vacías

a qué esquina de la alcoba
arrojaré tu beso de mañana 
en cuántas partes tendré 
que dividir mi poema para 
que alguien lo lea

y a qué ramera/ atiborrada nostalgia
me he de arrojar...

Amor de navaja que me hieres,
súbita agonía rebajada en licores:
dime cómo te llamas 
y te diré quién eres.

II

todas las mujeres,
todas las mañanas.

Sólo enséñame el camino por el que saldrán mis entrañas
hacia las puertas del cielo del que será rechazado mi mente. 
Sólo dime, bella dama por qué estentóreo bosque 
habré de encontrar el canto del quetzal 
que en tu pecho descansa.
Mujer de todos los placeres que cree que me engaña, 
dime dónde conocerte para quitarte de encima el vestido 
de la muerta que se comió mis amaneceres. 
Oye tú cándida sábana de la mañana, ecléctica histérica 
que nomás no me atrapa. Soy tu cazador, tu mascota, 
tu musaraña. 
Dime ahora que no me quieres lo que te parece mi persona, 
porque cuando me quieras no acepto quejas, 
ni reclamos, ni ponzoñas.

Pequeña niña de las gotas de crema de café, 
embriágame con tu mirada. Pequeña dama de las suertes 
sin fe abrígame con tus aromas. 
No es que quiera rogarte que saques de mí el pasado 
que me detiene, sólo te digo que me des la oportunidad 
de quitarle el ácido a mis letras para llenarlas con la miel 
de tu entrañable corazón, que como el mío está dañado, 
que como el mío ya no llora, 
que como el mío ya no tiene ganas de creer...

Y el corazón no tiene ganas de creer
por esas formas geométricas tuyas,
tus maneras, tus dudas, tus métodos,
tus formas
porque qué manera tan pobre,
tan despreciable
de arroparme en mi intemperie
que es mi frío de vientos silentes
de cielos nublados
qué manera tan vil
y sarcástica
de arrimarme a tu orilla
a tu suerte -que es bastante-
y yo sin embargo me quedo a tu sombra
que cubre a la mía en esa pared verde
de pocos sustos testigo
de poca pintura distinta
es un honor, amor mío , 
no guardarte en mi colección de horrores
mucho menos en mi lista de indispensables
pero siempre te guardo sitio
en mi tarde, en mi hamaca
que me soporta el sueño
y los insultos de mi sueño no soñado
de mi irrisoria pesadilla
que me carga el cuerpo
y mi ego y el café frío y sin azúcar
y el puro de después
acompañado del horizonte
del paisaje del tercer piso 
a las casi siete de la tarde que no es noche
es un gusto tenerte aquí,
respirando mi humo que es blasfemia
que es herencia de mi abuelo
qué manera tan débil,
tan atroz
de pausarme en ti...

Y es que la pausa no se refiere a la detención del tiempo, 
sino al congelamiento de las arterías.
 
Porque aunque tú lo desconoces se detiene
en cada parte de mi cuerpo una imagen tuya
que concibe todas tus imágenes y tan triste
y tan solo y tan cabizbajo por saber que
aunque en mí se detienen tus proyecciones:
no poseo ninguna.


Ahora sólo calla y pasa con tus pasos pausados,
como tus imágenes, ahora pausa y pasa rozando
con tus mejillas el umbral de mi percepción
y ciérrame las puertas de tu gloria porque
es pecado desearte y no tenerte, porque es pecado
saber que no te amo, porque es pecado palpitar
bajo un ritmo y cantar en un tono acartonado
que nada vale y que nada genera como el estridular
de un grillo aplastado por el pie de un citadino
que no aprecia la naturaleza.

Alumbra calor de la mañana con tus luciérnagas

también mi madrugada, y mira cómo esta tinta virtual
va cediendo, y lee cómo estás letras se van estriñendo
y dejaron en el camino toda la mierda que les apretaba
y ahora como tripas flojas están un poco aguadas
esperando a que te adentres por todos los ductos
que conducen a mi centro y que harán entonces de ti
y de tu ser una almohada en la que se queden
babeando mis sueños.


Yo sólo soy un pagano, yo no puedo hacer nada,
este dueto está cantando a los veinte mil vientos
que susurran en los oídos sordos de esos amores
que nomás no quieren escuchar nada.


No es que sufra, no es que me esté dando por muerto,
es que son las letras la única manera que tengo
para seguir siendo, son mi Apocalipsis y mi amuleto,
de lo que llevo clavado dentro, de la cara de piedra
que te mira y del temor que transpiro cada vez que te encuentro.


Esto que tú no miras y que escribo y que releo,

es el panal de abejas que habrán de succionar tu polen
para mi alimento.

Fecha: 23, 24.11.11.
Autores: Ibeth Hache, Rolando Gómez.
De: Versos de otras tintas.
Especificaciones: Para los que quieran seguir leyendo al poeta, les dejo su blog.
http://citlalminatzin.blogspot.com