2 ago. 2012

Etcétera, etcétera II


Dejando los abrigos en la casa se ponen a vagar en tierras bien mojadas. Aceras sin bordillo 
color amarillo, rayadas de recompensas fallidas que tiene la casualidad. También olvidan el 
paraguas. Y el cansancio. Y el sueño a la mitad. No hubo roce de manos pero sí la 
complicidad en el momento de sacar la moneda para el vagabundo que pretendía 
cantarles la canción de amor.

Se rieron con zapatos mojados. Se sintieron secos con el cabello empapado. Estuvieron a 
salvo por primera vez en la ciudad hostil en que dios los escupió.
La lluvia se volvió llovizna. Tuvieron frío, a decir verdad, planearon tener frío. Entonces follaron 
sobre la tarde. Leyeron un libro. Mataron un bichito que escalaba un árbol del parque.

Tomaron coca-cola arrojándose a un silencio inédito de esos que vienen después del beso. 
Chuparon el mismo cigarrillo. Miraron sin mirar a su al rededor; un parque ni vacío ni lleno, 
recién llovido, oloroso a tierra mojada, el olor que da apetito. 
Comieron queso azul, aceitunas, jamón serrano y pan simple. Bebieron vino concha y toro 
cosecha 2000. 

Terminó el vagar del día, no tuvieron frío pero regresaron a su casa a buscar sus abrigos. 
No hubo roce de manos. Mucho menos beso. Olvidaron las supersticiones y prendieron 
el paraguas dentro. Y el cansancio. Y el sueño también lo encendieron. Y entonces tomaron 
coca-cola. Miraron sin mirar. Estuvieron a salvo. La llovizna se volvió lluvia. Etcétera, etcétera.